¡Yo quiero un perro!

Cuántas veces hemos escuchado esa popular frase: ¡Yo quiero un perro! En mi caso muchas… la he escuchado de mi hija, de mis vecinos, de mis amigos, de mi familia y hasta de mí mismo.

La he escuchado tantas veces, pero la he analizado tan pocas que hasta me da vergüenza admitirlo.

¡Yo quiero un perro!, es una expresión que por sí misma lleva intrínseca muchas razones y sentimientos.

Los recuerdos de mi infancia y adolescencia en la casa de mis padres, siempre van asociados con la imagen de un perro; todavía recuerdo el primer perro que dejaron botado en la puerta de mi casa, no recuerdo bien su nombre, si era Borona o Dixie, han sido tantos que yo creo que solo mi madre los recuerda a todos. Siempre tuve la oportunidad de compartir mi vida con un perro adoptado, y de estos hermosos animales recibí dos de los grandes regalos que se pueden recibir en la vida: amor incondicional y compañía fiel.

El decir: ¡Yo quiero un perro!, no es solo el sentimiento de ser el dueño o propietario de un hermoso ejemplar; tampoco debe ser ese sentimiento de moda: “todos tienen perro y yo quiero uno”, o que vimos un perro en la TV y dijimos: “que perro más obediente, yo quiero uno igual”.

El decir: ¡Yo quiero un perro!, trae implícito una responsabilidad enorme y un compromiso que durará lo que ese Can dure en este mundo.

Un perro es un ser vivo, un amigo fiel, una compañía sin igual, un psicólogo, un hermano o un hijo, puede ser lo que nosotros queramos. Pero lo que un perro  nunca va a ser es un objeto, un adorno, una razón para inflar nuestro ego, algo prescindible o descartable, un estorbo que podemos quitar de nuestro camino cuando ya yo nos sirve.

Desde el primer momento que traemos un perro a nuestras vidas, debemos de estar seguros de una cosa, ya nada va a ser igual, nuestra rutina, nuestra casa, nuestra economía, todo lo que nos imaginemos va a sufrir un cambio, y si no estamos dispuestos a aceptar esa nueva vida, mejor no hacerlo.

A un perro no le importa nuestra situación económica, si vivimos en un castillo o en una casa humilde, si vestimos a la moda o compramos en la “Americana”. Para ellos nosotros somos su todo y por lo tanto se merecen que los tratemos con respeto, amor y como miembros indispensables de nuestra familia.

Cuando al fin dije: ¡Yo quiero tener un perro!, fue que me di cuenta lo que realmente era ser el dueño de un animal, la responsabilidad tan grande que conlleva y los sacrificios que debemos realizar.

Un perro depende completamente de sus amos para sobrevivir, ellos depositan su amor y confianza en nosotros y lo único que nos piden es: que no los abandonemos.

Ellos necesitan más que agua, comida y un patio amplio; ellos nos necesitan a nosotros.

Y de nosotros depende: educarlos, criarlos, alimentarlos, entrenarlos, darles un propósito en el núcleo familiar (por que sí, el perro no es un adorno en la casa, es un ser vivo y necesita un trabajo, una razón de ser), brindarles nuestro tiempo y una calidad de vida digna.

Por eso la próxima vez que escuchemos: ¡Yo quiero tener un perro!, analicemos bien la frase y démosle la seriedad del caso, detengámonos a pensar detenidamente lo que implica el hecho de que un ser vivo dependa de nosotros y si realmente estamos en la disposición de hacer una vida al lado de ellos.

 

 

Acerca del Autor:

Sergio Oviedo Seas.

Miembro de ACAN por decisión propia.

Conocimiento canino: cero o por debajo de eso.

Experiencia con perros: lo suficiente para darme cuenta que no sé nada, y que en lugar de enseñar a mi perro, mejor aprendo de él.