¿Hasta cuándo?

La historia de Pantera y Cocodrilo.

 

Este fin de semana fui víctima de una situación que aunque fue mi primera vez, sucede más seguido de lo que nos gustaría o deberíamos de aceptar.  Me puso a reflexionar mucho y analizar nuestra posición como sociedad.

¿Pero qué sucedió, que causó tanto mi indignación como mi reflexión? Les comparto la historia de Pantera y Cocodrilo.

Debido a las lluvias casi monzónicas durante la semana, no había podido salir a ejercitar a mi perra, conociendo la energía que tiene y antes de que comenzara a caminar por las paredes y el techo, decidí en contra de toda mi voluntad levantarme temprano el domingo y correr un rato, antes de dirigirme a mis clases caninas.

Pasadas las 7 am ya estábamos listos para comenzar nuestro paseo, y como es normal, primero caminamos un rato para calentar, luego corremos 100 mts que es lo máximo que nos dan los pulmones (o al menos los míos) y volvemos a caminar.

Muy cerca de la casa, mientras yo disfrutaba de la mañana y Athenea olía todos y cada uno de los postes que nos encontramos al paso, vi que un poco adelante, en una casa vecina, alguien llegó a tocar el timbre, casi al momento salió la dueña del lugar a atender al visitante, e inmediatamente pude escuchar el inconfundible ladrido de dos fieras que se acercaban rápidamente al portón de ese hogar. Seguidamente la dueña abre el portón eléctrico y las dos criaturas completamente fuera de control, no dudan ni un segundo en salir y abalanzarse hacia nosotros que ya prácticamente estábamos al frente, pero en la otra acera.

Acostumbrados a que durante nuestros paseos, no existe ni un solo perro  que no nos ladre o se lance contra el portón como queriendo matarse, o en el peor de los casos como en éste, se salgan y se vengan directo a nosotros.  Procedí a hacer lo que me pareció más correcto en esa situación, aseguré a mi perra contra mi pierna para que no entrara en una pelea y se mantuviera bajo control y me alisté a enfrentar esos dos seres endemoniados que se nos venían enfrente.

La mayor parte de los perros callejeros no van a entrar en un combate sin un motivo que de verdad valga la pena, esto por varias razones.  El perro callejero, que normalmente tiene recursos limitados, ya sea comida, agua o refugio, sabe valorar muy bien el gasto energético, al mismo tiempo uno de sus principales instintos como lo es el de sobrevivencia lo tiene muy desarrollado, por lo cual no va a entrar en un conflicto que lo obligue a gastar energías (las pocas que tiene y que necesita para buscar alimento y sobrevivir) y no va a entrar en una pelea que le pueda generar un daño a su integridad física, por lo cual en la mayoría de los casos (y hago énfasis en la mayoría), luego del escándalo inicial y al menor signo de que su oponente avanza, van a retroceder y evitar. Tiene que ser muy territorial y que crea que invadimos su área, o que se sienta de verdad amenazado por nuestra presencia que realmente nos ataque.

Si me ponen a escoger, prefiero lidiar con un perro de la calle que con uno de hogar, considero a los callejeros en la mayor parte de los casos más equilibrados y más estables en cuanto a sus instintos y actuar, pero eso es un tema que tocaremos en otra ocasión.

Volviendo al caso en cuestión, realmente cometí varios errores; el primero, subestimé  a mi oponente y  no me esperaba la agresividad mostrada por esos dos ejemplares, ni mucho menos podía esperar que entraran en una actitud de depredación colaborativa (animales que cazan en manada, tienen una alta capacidad para trabajar en equipo, lo que le permite desarrollar estrategias para conseguir una meta).

Vi venir el primero que se desvió y se alejó, mientras el segundo vino de frente, y fue en él que centré mi atención, olvidando por completo al otro granuja, hasta que vi como mi perra se levantaba y giraba su cabeza hacia sus patas traseras, en ese momento pude ver como el primer perro intentaba morder la parte trasera de mi perra. Giré de inmediato intentando ahuyentar a la fiera, pero se hizo para atrás y volvió a atacar, en ese momento pensé en practicar un saque de puerta con el agresor al mejor estilo de Keylor Navas; mientras valoraba esa idea y planeaba mi estrategia de defensa escuché como la dueña desde el confort de su cochera decía: “Pantera venga”, “Pantera venga”, en ese momento descubrí que no era un simple perro al que me enfrentaba, era un cruce con pantera.

No crean ni por un momento, que la dueña tuvo la intensión o la delicadeza de acercarse a nosotros e impedir el ataque, controlar a sus perros o detenerlos, en lo absoluto; creo, ahora con la cabeza fría, que el espectáculo que estábamos brindando mi perra y yo al ser atacados en media calle era digno de disfrutarlo.

No todos los días se ve a un Pastor Alemán de 36 kilos y a un humano de 70 kilos, intentando ser devorado por un perro y una Pantera que en conjunto podían pesar alrededor de… unos 7 kilos (estaban gorditos).

Pantera es un Teckel negro sólido, o lo que se conoce popularmente como perro salchicha. El otro perro y aquí quiero pedir disculpas por mi falta de sutileza, ya que no tuve tiempo de preguntarle que era o como se llamaba (para nuestros efectos lo llamaremos “Cocodrilo”); pero con dificultades superaba la corpulencia de Pantera.

Mi lucha se centró en Pantera, que a todas luces era quien dirigía la orquesta, de Cocodrilo me desentendí ya que no parecía una amenaza, segundo error que pagué caro.

Desistí de toda intención de violencia, aunque no por eso dejaron las ideas de pasarme por la mente, empecé a perseguir a mis atacantes, aunque estos no me daban tregua en sus ladridos e intenciones de mordida, al cabo de unos segundos mi estrategia surgió efecto, logré hacer entrar a los rufianes a su casa, no sin antes ellos pasarle por enfrente a su dueña que se encontraba en el mismo lugar en que la vi la primera vez, la cual muy efusivamente, lo único que atinó a decir como gran gracia fue: “Disculpe señor”. Le pude responder muchas cosas que me pasaron por la mente, pero la verdad en ese momento me preocupaba más mi hígado que estaba a punto de explotar que contestarle o decirle algo impropio o un par de verdades.

Volví a ver a mi perra que se mantenía tan ecuánime como al principio de la caminata, no se enojó, no hubo ninguna señal de pilo erección (el pelo del lomo se eriza), no ladró, ni se puso nerviosa. Hasta me pareció que ella también disfrutó el papelón que hice ante el vil ataque de nuestros agresores. La revisé en busca de alguna herida o signos de mordida, pero todo se veía normal para dicha de los dos.

Continué con mi paseo, intentando relajarme, de camino me encontré con una joven que paseaba a su Schnauzer por la otra acera, lo llevaba con su correa y el perro caminaba de manera correcta a su lado, todo iba bien hasta que antes de llegar a un parque, vimos a un Golden suelto en la calle que se paseaba libremente sin la menor pista de sus dueños. Muy sabiamente la joven, en la siguiente calle dobló a la izquierda y yo siguiendo su ejemplo me desvié a la derecha, era preferible evitar otro encuentra donde llevábamos las de perder, era nuevamente tigre suelto contra burro amarrado (aunque en la otra ocasión fue pantera en lugar de tigre, el burro si seguía siendo el mismo).

Una hora después regresé a mi casa sin ningún otro contratiempo; ya con mi hígado más sano y la mente más en calma, me dispuse a alistarme para partir hacia mis clases; cuando de repente noté en mi pantorrilla izquierda la seña inequívoca de las fauces de Cocodrilo. No pudo haber sido Pantera, no lo perdí de vista desde que intentó morder a mi perra, no me cabe duda, fue Cocodrilo el infame agresor.

Con mi dignidad y mi orgullo más dolido que mi pierna, continué con la rutina del día y tuve que soportar las bromas y el bullying del cual fui objeto por mis compañeros de clases, los cuales ya poseen más heridas de batalla que yo, y no tuvieron ni la mínima pizca de compasión ante el vil ataque del cual fui objeto.

Al llegar la noche y en la tranquilidad de mi hogar, empecé a reflexionar y a preguntarme: ¿qué me dolía más?, ¿La mordida en la pierna?, ¿la inyección contra el tétano?, ¿o el orgullo?

Me di cuenta de que el orgullo estaba bastante afectado, nos vapulearon  7 kg de rabia, agresividad y bulla, pero no era eso lo que más me tenía afectado, fue la situación en sí.

¿Por qué la situación en sí? Muy sencillo, yo invierto tiempo y dinero en ejercitar y adiestrar mi perra, lo paseo responsablemente con su correa e intentando no causar molestia a los demás, pero a la hora de la hora, eso no vale de nada.

Y no vale de nada, porque tengo que soportar ser agredido y mordido por otros perros cuyos dueños son totalmente irresponsables e indiferentes al malestar ajeno.

Pongámonos en el caso que de verdad yo,  hubiera agarrado a patadas a los dos criminales que nos atacaron, o los hubiera golpeado de alguna forma; muy probablemente me hubieran filmado, fotografiado, subido a redes sociales. Sería el blanco de la ira colectiva, catalogado como un agresor sin escrúpulos que no merece un espacio en el planeta, me hubieran amenazado a mí y mi familia, hubieran mencionado a mi madre públicamente en reiteradas ocasiones.

O el otro escenario posible, le hubiera permitido a mi perra que actuara en su defensa propia y en defensa de su amo, aquí la perra no hubiera atacado para agredir, sino para defenderse y defenderme a mí. ¿Alguien la hubiera defendido por eso? O nada más la hubieran catalogado como una raza peligrosa y agresiva, un perro que no debe andar en la calle, un perro que debe ser apresado por las autoridades y enviado a que se “rehabilite” o en el peor de los casos puesto a dormir.

¿Cómo es posible que en nuestra sociedad, los dueños que intentamos ser responsable, estemos a merced de estas situaciones?

Si tuviera que pasar por la misma situación, probablemente actuaría de la misma manera (obviamente con los mismos actores involucrados), corrigiendo algunos errores para no terminar con una inyección en el brazo y una cicatriz en la pierna claro está. Le agradezco a mi perra haber seguido mis instrucciones y no haberle causado daño alguno a los perros, ¿por qué? Porque al final de cuentas siempre cargamos con la culpa al que no puede defenderse, al que no puede hablar…al perro. Siempre él es responsable de todas las agresiones y accidentes que suceden, ¿hasta cuándo me pregunto yo?

¿Hasta cuándo vamos de verdad a dirigir el dedo al verdadero culpable?, el perro no basa sus acciones en el raciocinio, él no tiene la capacidad de pensar en las consecuencias, él actúa de acuerdo a sus instintos, impulsos, condicionamientos. ¿Hasta cuándo nosotros los seres humanos, los dueños, los que si tenemos uso de la razón y podemos medir los riesgos y las consecuencias vamos a sumir las responsabilidades? ¿Hasta cuándo vamos a dejar de buscar la salida más fácil y culpar al inocente? ¿Hasta cuándo vamos a dejar esa doble moral?

Buscamos excusas y creamos etiquetas, que perros peligrosos, que perros agresivos, a algunos los estigmatizamos por su tamaño o su apariencia; nos creemos dueños responsables por darles comida y llevarlos al veterinario, somos unos grandes dueños porque les ponemos lindos vestidos y los sacamos a pasear al mediodía.

No debemos etiquetar a los perros, pero sí creo que los debemos dividir en dos grandes grupos… los que tienen dueños responsables y los que no. Se ha preguntado… ¿en qué grupo esta su perro?

El perro es perro, aquí no importa si es grande o pequeño, la educación y el adiestramiento se debe de aplicar a todos por igual, no es justo la teoría de que solo el perro grande es peligroso, cierto que un perro grande muerde más duro que uno pequeño, es sentido común; pero sin temor a equivocarme les puedo asegurar que los casos de mordida en una gran mayoría son causados no por perros grandes, sino por lo pequeños, y lo que es peor, en algunos casos vemos esas mordidas como algo normal y en ocasiones hasta divertidas. ¿Hasta cuándo vamos a tolerar que una mordida de un perro sea un acto permisivo?

Las mordidas indiferentemente del perro, no es un hecho que se debe de tomar a la ligera, debe ser sometido a un análisis y estudio para detectar sus causas.

Las actitudes y comportamientos agresivos, en la mayor parte de los casos y en situaciones normales, no deben de ser toleradas. ¿Pero de quién es la culpa? ¿Del perro? ¿O del humano?

Hagamos un alto en el camino, pensemos si nuestras acciones son las correctas. Un perro es lo que nosotros queremos que sea, y es nuestra responsabilidad velar porque nuestras mascotas tengan un comportamiento y un carácter estable al igual que condiciones aptas para su desarrollo.

Ser un dueño responsable no es fácil, es un camino difícil y en algunos casos bastante oscuro, pero no por eso debemos de detenernos en nuestro intento de lograrlo.

Debemos entender ya de una vez por todas que nuestros perros no son de cerámica, ni de peluche; son seres vivos con necesidades que van de acuerdo a su condición. Ellos no solo ocupan comida, agua y un techo; ellos ocupan disciplina, reglas, jerarquía, juego, ejercicio, y ante todo, que empecemos a entenderlos y a respetarlos.

Empecemos a ser dueños responsables, empecemos con cosas tan sencillas como andar nuestro perro con correa en lugares públicos, respetando el espacio de los demás, sean humanos u animales. Tomemos las precauciones necesarias para que no se escapen. Eduquémonos en cuanto a sus necesidades y comportamientos. Velemos no solo por su salud física, sino también por su salud mental, como lo he mencionado anteriormente, son seres vivos, que sienten dolor, miedo, frío y hambre.

Un perro estable  física y mentalmente, es un perro feliz, y un perro feliz, es el mejor compañero que podemos tener en nuestras vidas.

Por eso, demos el paso al frente y a la pregunta ¿Hasta cuándo?, respondámosle con un YA, con un Hasta Aquí, respondamos con un No Más y empecemos a trabajar y aportar nuestro granito de arena para que nuestro entorno y nuestra sociedad, sea un lugar más placentero y más seguro para todos.